LA ISLA MINIMA "CRITICA"


Foto 1 - La isla mínima
Por Rodri Barayón
Alberto Rodríguez, un día fue a su cocina, cogió un buen pedazo de la negrura de los thrillers de Eastwood, otro tanto de las obsesiones turbias de los personajes de Fincher, lo aderezó con los paisajes más desasosegantes de la Andalucía que él conoce, lo batió a máxima potencia en su licuadora y le salió un potente brebaje, ardiente en la garganta y de regusto amargo en el paladar.  La isla mínima es una cinta que se sitúa a la estela de algunos de los thrillers más populares de los últimos años gracias, no a su falta de complejos, sino a la ambición del equipo implicado.
La película parte de una premisa netamente formularia (dos polis de personalidades opuestas son expedientados y enviados a las marismas del Guadalquivir para investigar la desaparición de unas jóvenes) pero no holgazanea en los tópicos del género, sino que sabe sacar partido de ellos para hacerla despegar a toda velocidad, sobrecogiendo a los espectadores desde el minuto uno sin esperar a que hayan subido a bordo. El respiro llega cuando aparecen los títulos de crédito finales, siendo el nervio narrativo uno de los logros más destacables del film.
El meticuloso trabajo de su pareja protagonista, conformada por un contenido Raúl Arévalo y un soberbio Javier Gutiérrez —merecido premio en Donostia—, y el apoyo de secundarios de lujo como Antonio de la Torre, Nerea Barros o Manolo Solo, nos permite disfrutar de un verdadero “trabajo policial” — como dirían en la mítica serie The Wire—, en una época donde aparecen difuminados los trazos del franquismo sobre la Transición, términos demasiado ajenos a una España tan rural y atrasada como la que se nos muestra, permitiendo que la película abarque una enorme gama de grises alejándose del blanco y el negro, en ocasiones casi hasta lo condescendiente, pero sin perder el respeto por el espectador. Sí, es cierto que argumentalmente hay alguna que otra trampa —como en la mayoría de thrillers—, pero ésto es justificable teniendo en cuenta el  intachable trabajo realizado a la hora de mantener al espectador pegado a la butaca.
Foto 3 - La isla mínima
Tan impecable resulta en el envoltorio de esta película que sería injusto destacar solamente a una de las partes implicadas: fotografía, sonido, ambientación, vestuario, banda sonora… Todas las teclas tocadas suenan al son del género policíaco y ninguna de ellas es ordinaria, siendo capaces de aprovechar su factor diferencial, esa salvaje Andalucía profunda —qué gusto da cuando un director aprovecha nuestra riqueza de paisajes y personas y se salta el tópico—, para entregar un trabajo cuyo resultado haría sonrojar a cualquier estudio hollywoodiense que se atreva a comparar presupuestos.
Mención aparte merece la labor de producción ya que, aparte de conseguir unos óptimos valores de producción, sabe el tipo de cinta que se trae entre manos y favorece su rodaje sin truncar su historia tratando de simplificarla o adaptarla  de manera que llegue mascada al espectador por fines puramente comerciales y tan poco cinematográficos. En este caso se apuesta por el buen criterio del espectador, al contrario que en otro policíaco español reciente como es El niño, película completamente frustrada por la inclusión de una anodina y chapucera trama romántica y por la elección de un protagonista-producto, con ninguna aptitud aparte de su atractivo. Quizá el único gran pero que se le pueda poner a La isla mínima es precisamente la participación es esta cinta de Jesús Castro, protagonista de El niño, que demuestra más dotes como modelo que como intérprete.
Foto 2 - La isla mínima
En resumen, La isla mínima es una película para sacar pecho y felicitar al cine español. El listón se ha puesto muy alto y Alberto Rodríguez no ha hecho más que superarse a lo largo de su carrera. Su próxima película parece que tratará acerca de Paesa, así que habrá que ir preparando un hueco en el calendario.