“Blue Ruin”, de Jeremy Saulnier CRITICA






Por Roberto Granda
Después  de un recorrido moderadamente exitoso por festivales de medio mundo, llegó  Blue Ruin a las carteleras españolas sin mucho ruido de sables. Puede ser considerada una película pequeña por la austeridad impuesta, pero sería un error infravalorar el buen hacer de un thriller con tintes noir más que interesante, pues se trata de la segunda película de su guionista y director (también fotografía de forma acertada su obra) donde expone un talento y una mirada propias hacia lo que quiere contar. Aunque parta de una premisa – la venganza–  en principio trillada, es capaz de romper moldes en cuanto a las expectativas del público ante lo que va a ver, dada la singular concepción del relato que el autor tiene entre planos.
Es cierto que se trata de una historia en cuyo resultado final aparece la sensación de que se le podía haber sacado algo más, pero como está concebida por un joven cineasta en desarrollo, bien merece centrarse en sus aciertos: una estudiada capacidad para dosificar la información que el espectador recibe; un ejercicio visual y un ambiente que son los de alguien que quiere subrayar un estilo además de huir de los estereotipos y de la violencia videoclipera y recreativa con la que otros directores complacen a legiones de seguidores.
Con el sello indie americano pero a la vez realista, contiene Blue Rain situaciones donde el devenir violento de los propios acontecimientos se torna imprevisible, pero mostrando siempre la venganza como camino, cuya búsqueda no está planteada por un arquetipo de protagonista frío e implacable, un héroe de acción clónico a lo visto tantas veces; sino por un hombre en huída de sí mismo, que no esconde sus debilidades, patoso y asustado, un ciudadano derrotado por la vida cuyo pasado no termina nunca de aclararse. Es el gran trabajo interpretativo de Macon Blair, lleno de matices y silencios, un tipo que sobrevive en la indigencia y emprende un extraño viaje en su destartalado coche azul (de ahí el título) y que parece a tono con el paisaje y paisanaje por el que se mueve: el contexto sórdido de la América profunda, las idiosincrasias de una civilización cuestionada, con más sombras que luces, tragada a veces por el miedo y el odio.
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En su viaje, los motivos y causas de la brecha abierta se van ofreciendo para empatizar con el protagonista, empujado a la violencia por hechos ocurridos años atrás, cuyo detonante fueron razones vulgares pero de cuyas consecuencias ya no puede alejarse.
La tónica son escenas con una deliberada atmósfera opresiva y una cámara egoísta que siempre deja ver menos de lo que desearíamos, incorporando elementos de intriga.
Todo un camino personal de desesperanza donde presente y pasado se terminan por ajustar las cuentas, sin utilizar la venganza como motor revitalizante ni como catarsis: no hay aquí formas de redención posible, sino una espiral sin vuelta atrás que ofrece una exposición sobre las rencillas familiares que se retroalimentan y sobre el desarrollo imparable de la violencia en una sociedad con un acceso casi ilimitado a las armas de fuego.
La tragedia como único destino. Ése es el espíritu que late tras una película de subgénero, humilde (que no simple) sin fastos ni aparatosamente publicitada, que no puede pasar sin pena ni gloria por las pantallas de nuestro país. No debería.

Gracias a revistasala1.com