“Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)”, de Alejandro G. Iñárritu


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Por Roberto Granda

Si Michael Keaton no hubiera protagonizado Batman en 1989 (aquella genuina de Tim Burton con Jack Nicholson como Joker, que de alguna manera marcó el inicio del cine de superhéroes, con desiguales resultados en taquilla y altibajos en cuanto a calidad artística), es posible que no estuviera hoy en Birdman o (la  inesperada virtud de la ignorancia), metiéndose en la piel y en las plumas de un personaje con tantas connotaciones en común, donde ofrece una soberbia interpretación que más bien sabe a redención, tras una desangelada carrera ‘post-Batman’ (incluyendo un desafortunado intento en la dirección con la plúmbea Caballero y asesino) que le llevó del éxito noventero a una mediocridad absoluta a base de trabajos en proyectos poco acertados.

A Iñárritu se le nota (es una máxima repetida y gastada, huelga reconocerlo) la falta de Guillermo Arriaga, el guionista junto al que creó tres películas imprescindiblesy de cuya ausencia ya adolece en la tibia Biutiful; pero ese dúo en estado de gracia no se va a volver a dar, así que la vida cinematográfica debe seguir para el director mexicano, y su nueva obra se aleja del reconocible estilo que le había caracterizado; un golpe de mano en cuanto a formas, mirada y pretensiones.

Birdman no sólo es la historia de un antiguo superhéroe venido a menos. Constituye un incisivo análisis a todas las capas del arte que es, por una parte, una delicia en sí mismo, y por otra, un conglomerado de referencias y guiños (al cine de Bob Fosse, al mundo que también retrata La sombra del actor de Peter Yates, al Cassavetes de Opening night…), todo mediante una realización contundente de prolongados planos-secuencia (¿o es el mismo?) que en algunos momentos son brillantes y en otros llegan a marear.

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Los subtextos que moldean la película ofrecen un gozoso abanico de su complejidad: la crítica del éxito efímero que se mide por la fugacidad de los vídeos virales o el número de seguidores en Twitter, la dentellada a los críticos profesionales y sus mezquindades (colosales escenas que intercalan Norton y Keaton, escupiéndole a una temida y lúcida chacal de la tecla su incapacidad de crear algo auténtico) y la jungla que compone un desalmado y complejo mundo del espectáculo.

Se mezclan perfectamente el humor y la frescura en los diálogos con la decadencia y la melancolía, esa disección del antiguo triunfador que saboreó las mieles del estrellato y ahora busca salvaguardar los rescoldos de dignidad profesional y reflotar su carrera adaptando en Broadway un texto de Raymond Carver. Teatro puro.
Keaton consagra una singular actuación escoltado por unos gregarios sobresalientes, donde destaca su duelo interpretativo con un Edward Norton desatado, en su salsa, y una admirable Emma Stone cuya carrera está subiendo, no sin razón, como la espuma.
La angustia de un artista atrapado en sí mismo que no puede escapar ni tampoco renunciar a su pasado está contada de forma diferente, audaz, penetrante e inteligente; dejándose llevar en el tramo final por algunos discutibles desmanes técnicos de pretendida espectacularidad, donde Iñárritu parece querer demostrar que si quiere, él también sabe; y un epílogo cuyo estiramiento hace languidecer la fuerza que habría tenido de haber acabado en su punto más alto, diez minutos antes.



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