“Magia a la luz de la luna”, de Woody Allen


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Por Roberto Granda

Para alguien que durante toda su vida cinematográfica ha tenido la necesidad y el acierto de plasmar en sus guiones las más diversas reflexiones y angustias con una mirada inteligente y cínica, no es ninguna sorpresa que agote la traca que aún le queda a su ingenio volviendo sobre los temas recurrentes que obsesionan su pensamiento y obra.

Por el camino ha dejado, como es lógico, películas mayores y menores, medianías y estupendos ejercicios fílmicos, pero sin abandonar nunca una manera única de entender las relaciones de los individuos con la sociedad y con sus propias complejidades. Y para ello ha recurrido en diversas ocasiones a la magia o lo sobrenatural, endulzando certezas y realidades, la manera amable de maquillar historias demasiado crudas o flojas en exceso. Para explicarse o justificarse.

‘Magia a la luz de la luna’ es tan atrayente como cautivadora, desde el primer momento en que Woody Allen vuelca en el personaje que interpreta Colin Firth (un mago inglés en una cruzada personal por desmontar farsantes y timadores, siendo él alguien que se lucra de la ilusión y la credulidad ajena) todo su sarcasmo, talento, gracia e ironía racionalista no exenta de crueldad. Todo lo que sale de la boca de este personaje principal tiene lucidez, socarronería incisiva, agilidad mental, juicio, brillantez y una capa de pesimismo vital.

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Si en ‘Medianoche en París’ la melancolía por épocas no vividas llevaba a sus actores a viajar en el tiempo hacia los años 20, aquí es esta mitificada década la que aparece de telón de fondo (necesario mencionar el vestuario de la española Sonia Grande) para crear sobre los paisajes soleados de la Costa Azul francesa (ya lleva años acostumbrado a hacer rodajes y turismo lejos de su querida isla de Manhattan) una historia de amor y magia, o sobre la magia del amor, entre polos opuestos y mentalidades antagónicas, con la agradecida presencia de Emma Stone como la espiritista a la que Firth, ayudado por un colega de profesión, desea desenmascarar. No porque les moleste que la encantadora muchacha se dedique a timar a infelices con pasta, sino porque se le ha planteado un nuevo reto a la altura de su ego. Y así como ‘Blue Jasmine’ era una despiadada crítica a las neurosis y frivolidades de la alta sociedad americana, el pretendiente de la mentalista con poderes es un joven millonario e irritante imbécil. Allen sigue teniendo la tecla muy afilada.

Y aunque se le pueden achacar algunas escenas donde sale del paso de manera un tanto torpe (como la que comparten Firth y su prometida) su nueva película va más allá del simple y agradable pasatiempo que podría parecer, y se ve y se disfruta con entusiasmo renovado, apreciando la siempre elegante manera de rodar y de narrar, cautivados por el exquisito choque de intereses entre la racionalidad y la superchería, entre la cultura y la felicidad de la ignorancia, pero donde termina triunfando la vida.

El amor como soporte vital. La magia como prestidigitador de nuestras químicas cerebrales. Las ilusiones y los espejismos. El fugaz consuelo de una vida más allá de la muerte, la necesidad de imponer la razón sobre el corazón, la mente sobre los rezos: los temas que interesan a Allen. Una filosofía y unos interrogantes sobre los que sigue dando vueltas a su provecta edad, siempre ofreciendo sus reflexiones a quien recoja el guante. Y nosotros se lo agradecemos.


Gracias a http://revistasala1.com