“Whiplash”, de Damien Chazelle


PORTADA Whiplash

Por Javier Ruiz del Pozo

Vivimos una época en la que el flujo de producción de películas es frenético. A pesar de esto,  son muchas las ideas que se quedan atrás debido a que sus autores no encuentran ningún tipo de financiación, bien porque la idea no convence o bien porque ningún productor decide arriesgarse a llevarla a cabo.

Fue el caso de Damien Chazelle, que tras decidirse a realizar ‘Whiplash’ y sin encontrar financiación alguna, decide recrear una de las escenas de la película a modo de cortometraje, con una duración de dieciocho minutos. Damien no pretendía otra cosa sino promocionar su película y presentarla así a diferentes inversores, sin embargo, terminó triunfando en el Festival de Sundance, primero como corto, y un año después, al fin, como largometraje, llevándose el premio del público y el de mejor película.

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Asistimos a  la historia de Andrew Neiman – interpretado por el joven Miles Teller-, alumno del conservatorio de la Costa Este y futuro batería de jazz, cuyos sueños de grandeza le llevan a ingresar en el conjunto musical que dirige Terence Fletcher  –J.K. Simmons-, profesor bastante severo e inflexible. Desde este momento presenciaremos la relación profesor-alumno y la lucha constante –rozando la obsesión y la histeria- de Andrew por dar la talla y llegar a lo más alto.

Como realizador de la cinta y guionista de la misma, Chazelle decide alejarse de cualquier tópico que hayamos visto antes en alguna otra historia de superación motivada por un mentor. No veremos una relación normal entre Andrew y el profesor Fletcher. Seremos testigos del extraño vínculo que se crea entre ambos, y veremos  resultados diferentes e inesperados en la lucha de superación de su protagonista.

El argumento es éste, no hay más. Por eso es cierto que se echa en falta algo más de profundidad en los personajes. Ahondar más en sus miserias, en su pasado, en su forma de ser. Nos gustaría saborear algo más de sus vidas.

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Sin embargo, Damien Chazelle, Miles Teller y J.K. Simmons forman en conjunto un triunvirato que roza la perfección. Por un lado, Teller y Simmons, realizan unas interpretaciones más que sobresalientes, consiguiendo llenar la pantalla de tal forma que te hacen olvidar el resto del reparto -¿hasta que punto esto es bueno?-. Y por otro, Chazelle, que amparado por un espectacular montaje, una elegante fotografía y una banda sonora en consonancia con la historia que presenciamos, consigue darle a la película un ritmo electrizante, casi frenético, ametralleando al espectador con un sinfín de planos que hacen que la historia se enriquezca a nivel visual.

El guión retrata gran parte de la juventud de Chazelle. Y esto sólo puede tener consecuencias positivas en el producto final. Damien ama la música y ama el cine, sensación que se percibe en cada minuto de metraje. Y es que, cuando se juntan dos pasiones y artes de este calibre, el resultado sólo puede ser la magia.



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