"Puro vicio" CRITICA

“Puro vicio”, de Paul Thomas Anderson

INHERENT VICE

Por Roberto Granda

Pocos se atreven a dudar del innegable talento de Paul Thomas Anderson, un guionista y director tan insólito como superdotado, creador de personajes con una potente lógica emocional y dueño de una destreza asombrosa en el manejo de la cámara. El debate entre entusiastas seguidores y críticos se suele focalizar más en gustos personales y subjetivos: si se conecta o no con su autoría y su filosofía del azar, los alternativos pasotes, sus larguísimos metrajes, las multitramas en un universo imprevisible, el ritmo narrativo o la potencia supuesta de sus finales. No en vano, el estreno de una nueva película del californiano crea una enorme expectación y es un acontecimiento en sí mismo, después de fascinar y confundir con The master, ponerle el Oscar en bandeja a Day-Lewis con sus Pozos de ambición,  o teniendo todos los aficionados presente en la memoria su incontestable obra maestra, Magnolia.

Boogie Nights se excedía con causa y gracia para contar con desparpajo y poco recato visual unos setenta de auge pornográfico en salas, colores, fiestas al sol y discotecas donde se cruzaban drogas y tipos de todo pelaje. Allí ya perfilaba los trazos de un reconocible casting de actores secundarios que le acompañarán a lo largo de su carrera.
En Inherent Vice usa esos mismos 70’s para plantear una psicodelia diferente, enredando la trama a sabiendas y con materia y pretensiones de Noir, pero los tintes de cine negro son casi paródicos si uno se fija en las similitudes con el Robert Altman iconoclasta que destrozó El largo adiós de Chandler con una vergonzosa adaptación setentera.

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Hay confusión intencionada en el argumento y también existe propósito cómico con una fortuna más que discutible; como todo en una estética alucinada que trata de ser rompedora y es menos divertida de lo que presume, con unos personajes que se esfuerzan en ser carismáticos y crear memoria; pero existe una sensación de incompleto, anodino y debilidad en la creación de los mismos, como si el colocón de la hierba también hubiera afectado al juicio del realizador.
Eso no es óbice para que nos regale una intensa y corta escena sexual precedida de una estupenda y larga escena sensual, pausada, ascendente, fetichista y turbadora, tal vez lo mejor de la película; cinta donde Joaquin Phoenix interpreta a un personaje que, poniéndonos exquisitos, podría verse como una antinatural mezcla del Marlowe de El sueño eterno y El Nota de El gran Lebowski.

Es necesario puntualizar que el material original de ‘Inherent Vice’ no es suyo. Los que somos abiertamente seguidores de Paul Thomas Anderson podemos encontrar ahí una justificación o una coartada para nuestra interna decepción sobre una película que no deja huella, incluso, si no te sumerges en la supuesta capacidad de fascinación, llega a resultar tediosa y superflua. Dicen que la obra literaria es inadaptable al cine. Anderson, presumiblemente consciente de su talento, ha logrado aquello que no parecía viable. Y los resultados están a la vista.


 

Gracias a revistasala1.com