“Los odiosos ocho” CRITICA


Por Patricia Zapico López

La esperada “Octava” ha llegado, abanderando más que nunca el sello Tarantino. A pesar de haber sufrido idas y venidas, y varias amenazas de cancelación fruto del peculiar carácter de este genio creador, finalmente el proyecto ha llegado a los cines.
Quentin Tarantino ha apostado de nuevo por uno de sus géneros favoritos, el western, pero esta vez bajo el contexto de la posguerra de Secesión, alejándose de su último film “Django Unchained” (2012). La película comienza con una diligencia avanzando a toda velocidad por el invernal paisaje de Wyoming. Los pasajeros, un conocido cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russel) y su nueva captura, la fugitiva Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), avanzan hacia el pueblo de Red Rock, donde se dará muerte a la mujer. En el camino y atrapado en una gran tormenta de nieve se encuentran con dos desconocidos: el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), un antiguo soldado de la Unión que apila cadáveres de fugitivos para cambiarlos por recompensas; y Chris Mannix (Walton Goggins), un sureño que afirma ser el nuevo sherriff del pueblo al que se dirigen. Juntos avanzan en el camino con la intención de parar en la Mercería de Minnie, una posada para diligencias de un puerto de montaña. Cuando llegan al local se topan con cuatro desconocidos: Bob (Demian Bichir); Oswaldo Mobray (Tim Roth), verdugo de Red Rock; el vaquero Joe Gage (Michael Madsen); y Sanford Smithers (Bruce Dern), un general conferedado. En ese momento, estalla una trama basada en la desconfianza y las malas intenciones, todo ello teñido de fuertes tintes políticos.


Bañada con las partituras de Ennio Morricone y extendida durante tres largas horas, “Los odiosos ocho” parece ser ya el filme más ambicioso del extravagante director americano, solo por el hecho de mantenerse fiel a sus gustos, sobre todo, como cinéfilo.
La locura de “Los odiosos ochos” comienza desde el maravilloso reparto que lo conforma. De todos es conocida la fantástica capacidad de Tarantino para elegir a los actores que se embarcarán en sus historias y, este caso, no ha sido la excepción. Desde el primero hasta el último se convierten en piezas vitales de este puzzle sangriento, destacando la fabulosa interpretación de Samuel L. Jackson que, en ocasiones, nos recuerda a los archiconocidos monólogos que recitó en la mítica “Pulp Fiction” (1994). Gran sorpresa la de Tim Roth, que en ocasiones parece ser el hermano gemelo de King Schultz (Christoph Waltz) en “Django Unchained”, tanto en gestos, en expresiones e incluso en enigmáticas sonrisas. Estoy segura de que este extraño parecido, no ha sido una casualidad; Tarantino jamás da puntada sin hilo. Así con todos los actores, remarcando el memorable trabajo de Jennifer Jason Leigh, interpretando a una tenebrosa, astuta y malvada fugitiva, valiéndose de tétricas carcajadas que terminan por involucrarnos en su repugnante locura.

Ritmo frenético construido en situaciones aparentemente lentas; maestría en la elaboración de los diálogos y monólogos, que aun siendo banales, terminan siendo hipnóticos. Una historia sobre otra en 167 minutos distribuidos en dos únicos escenarios: el viaje por Wyoming que directamente nos transporta hasta John Ford y su “Stagecoach” (1939); y la Mercería de Minnie donde se desarrolla más trama en cuestión de tiempo y donde nos recuerda a “Doce hombres sin piedad” (1957) de Sidney Lumet, a la hora de hacer un filme entretenido en una única y lineal atmósfera.
Sello Tarantino en todas sus vertientes: montaje por capítulos, flashback explicativos, humor negro desternillante, hombres sádicos enfrentados y sangre, sangre por doquier, casi rozando el gore. Unido a todo esto, una fotografía bellísima con la que consigue una de las nominaciones al Oscar de este año.
Puede que “Los odiosos ocho” no sea más de lo que ya hemos visto, pero ahí reside realmente la esencia de Quentin Tarantino y con lo que ha construido su carrera profesional: no dejar a nadie indiferente.


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