CRITICA “Mustang”, de Deníz Gamze Ergüven

Por Cosette Galindo 
El trágico carrusel
Sobre el filme Mustang  de Deníz Gamze Ergüven
En las sociedades de tipo patriarcal, el tabú sexual y la institución que lo rige: la virginidad, recaen sobre la mujer.  El control de la sexualidad femenina no sólo se ejerce por parte de los hombres, sino de todo el entramado cultural, incluyendo a las propias mujeres. Situación todavía vigente en los sistemas tribales y tradicionales en muchos lugares del mundo. La sexualidad es conexión instintiva con el poder de supervivencia. De ahí que controlar la sexualidad de otros seres es controlar su vida de raíz. Cultura no es sólo esa alegre y colorida comunidad que vemos en los promocionales de turismo (celebración, comida, baile). Puede llegar a ser también un atavismo cruel para sus miembros, impidiendo el nacimiento del individuo libre y autónomo. El tabú, la prohibición, es lo que funda una cultura. De ello depende el régimen de las instituciones: quién gobierna, quién dice cuándo, cómo, con quién. La cultura es una contradicción de vida y muerte; prohíbe e instituye, sacrifica y sostiene la vida.
Percibimos dicha ambivalencia cultural en la casa donde habitan cinco jóvenes vírgenes, cinco doncellas, como los dedos de una “mano de novia”, según se dice cuando un hombre solicita en casamiento a una mujer. Ellas han quedado huérfanas de padre y madre. Su vida está al cuidado de su abuela y su tío. De cualquier manera, es la cultura la que se encarga. Casi niñas, casi mujeres, las cinco están en transición de la silvestre infancia a la domesticación.  Una mezcla de cabello largo, desaliñado, y uniforme escolar estándar. Son un símbolo de toda naturaleza que vive en cautiverio. Es el inicio del verano y para celebrarlo se entregan a un juego de “caballitos” con otros muchachos del colegio, entrando todos al mar. Juegan también en un huerto con frutos que simulan senos. Juego que es estética de la sexualidad: erotismo. Como los frutos, también silvestres y prohibidos, sufren el acoso y el cerco de un sistema antinatural y violento, el peligro de ser criaturas sin dueño. Esta es la escena que funda el drama de la película e impone la condena de las chicas.
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Y es así que su tío y su abuela deciden encerrarlas en su propia casa. Casa que viene a convertirse en una “fábrica de esposas”. Las bellas potrillas quedan atrapadas en un trágico carrusel, esperando que el mejor postor las elija. El cabello se trenza como signo de sujeción. Cinco mujeres que, como las matrioshkas, viven una dentro de la otra; la apertura de una da paso a la siguiente, a medida que van siendo prometidas  para su próxima boda. Pero la prohibición intensifica el deseo de transgresión. Las travesuras comienzan. Y nos preguntamos ¿qué las inspira a traspasar los límites de lo salvaje? ¿Será el recuerdo de la muerte de sus padres? La muerte que es acicate de la vida, calavera florida del deseo, agonía de la juventud por los sueños que se ultrajan. ¿O es tal vez el amor genuino que hay entre ellas lo que las impulsa? Un día, todavía juntas, todavía vírgenes, arriesgan todo y escapan a un partido de futbol. Como caballos, viajan en el cajón de una furgoneta. El éxtasis es total. Sólo hay luz, brío juvenil, horizonte.
Sin embargo, una a una irá siendo prometida en matrimonio a los pretendientes mejor dotados. El ritual prematrimonial se realiza. Las bodas de las dos mayores se llevan a cabo. El tío echa tiros con su revólver, la gente baila y disfruta. Todos celebran a la novia, ese objeto de vestido blanco, triste belleza sin libertad. Las chicas hacen un círculo con sus cabezas formando una guirnalda de cinco flores que terminarán por dispersarse; guirnalda como aquellas que aderezaban los bucráneos de las víctimas sacrificiales. Llegará el turno de la tercera hermana, quien, tal vez por ser la de en medio, parece sufrir la agonía con más intensidad; el tránsito la vuelve taciturna, de mirada vagamente infantil, y a la vez severa. Finalmente adviene la catástrofe del sacrificio extremo: la autoinmolación. Porque la ausencia de libertad apaga la razón vital humana. Mano desgarrada, mano cubierta de tierra. Las más pequeñas quedan tintineantes, en constante vértigo. Aunque la mano todavía no está mutilada por completo. Llega el turno a la penúltima. La boda se acuerda y se prepara, aunque el rito no se llevará a cabo.  Las chicas deciden emprender la huida de una vida automática, como la de una muñeca de trapo con pelo humano. Todavía el camino las espera. Es un camino oscuro, pero es un camino que conduce a Estambul, signo de la ciudad como promesa abierta, opuesta a la fatalidad del campo.
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  Mustang es la ópera prima de la cineasta Deníz Gamze Ergüven. Es una obra de iniciación en todo el sentido de esta palabra. Iniciación para la cineasta, e iniciación en su temática. Vibra en ella el coraje para denunciar un orden cultural, no sólo de su país, Turquía, sino de uno que todavía es causa de un trágico destino para las mujeres en todo el mundo. Podemos pensar en Afganistán, India, África, América Latina, donde la mujer sigue siendo un objeto económico, una sombra, un animal capturado, ultrajado, reducido, torturado. No obstante, el formato que Deníz Gamze logra dar a esta dura temática es suave, terso, afelpado, como si quisiera hacernos contactar con la maravillosa presencia de cinco jóvenes hermosas cuyo destino podría ser diferente. Recuerda en gran medida aquella también ópera prima de Sofía Coppola, Las vírgenes suicidas (1999). Un formato explícitamente pop que contrasta con la densidad del tema y que logra la iconicidad de una realidad que, de otra forma, se tornaría en un producto extremadamente documental y devastador.

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