CRITICA COMANCHERIA


“Comanchería”, de David Mackenzie





Por Roberto Granda

Lo primero que se puede notar en las secuencias iniciales de Comanchería (libre y folclórica traducción de su título original Hell or High Water) es el intencionado patetismo del ambiente que destilan, algo que permanecerá durante todo el metraje, inteligente y austero recurso dar ese toque agónico, sucio y despojado de heroísmo que pretende su realizador, y sobre todo, Taylor Sheridan, guionista de la interesante y notable Sicario que escribe aquí su segunda película y se convierte en un autor a tener muy en cuenta.



Sheridan y el director escocés David Mackenzie han creado un satisfactorio western moderno sobre forajidos con causa pero sin estrella, una cinta sobre el universo de los eternos derrotados que engloba muchas cosas en muchos y muy diversos matices, poniendo en tela de juicio los cimientos de un modelo que ha entrado en barrena causando desoladores estragos entre los más débiles; con críticas sutiles pero también lapidarias hacia el sistema y sus efectos socioeconómicos, contra la banca y su codicia o una reflexión sobre el fácil blanqueo de dinero.
En este Oeste contemporáneo ya no hay épica en los atracos ni hermosas llanuras de horizontes infinitos donde cabalgar libres; ahora se galopa en autos cochambrosos de un solo uso y los cowboys están desamparados ante el fuego y la extinción de su modo de vida, sólo existen las carreteras de una belleza eventual y una esencia crepuscular atravesadas por las canciones de Nick Cave.
Sí hay ambivalencia y melancolía sureña en una historia modesta pero no por ello carente de fuerza narrativa. Rodada con vocación de desgarro, muestra la poco glamurosa realidad de una tierra que se desangra en desahucios bajo un sol implacable, y los claroscuros de la condición de las personas son vistos a través de una mirada de la cámara que no busca embellecer ni hacer más amable el drama humano, incluso cuando son individuos de pasado turbio y presente amartillado que buscan la redención.




Se muestran retorcidos vínculos y relaciones personales fantásticas con un regusto a maestría, la del colosal Jeff Bridges (qué voz rota, qué cara cuarteada de arrugas, qué manera de envejecer la de este actor excepcional) con su ayudante mestizo y la de los dos hermanos, tan diferentes: el descontrolado, impredecible y perdedor nato que interpreta Ben Foster, y Chris Paine, el menor de ese dúo protagonista, metódico e inteligente, mucho más frío y con más capacidad de supervivencia. Ambos tienen claro que sólo roban a los atracadores legalizados, impulsados por una causa necesaria.
El personaje de Paine (esforzada interpretación de semblante hermético para poder dar la cara y salir airoso cuando está ante alguien como Bridges) arrastra historias y pasados familiares que permiten un contenido encuentro con su ex mujer y su hijo, resuelto con sobriedad, miradas y frases las justas cuando los silencios dicen más que las palabras, y sin caer en el recurso facilón de otros cineastas de cargar a sus criaturas con sobredosis de traumas, expuestos de forma casi impúdica.
Con la influencia de los violentos thrillers policiacos de los 70 o la ambigüedad entre la ley y los que están al margen de ella de un Robert Altman o un Sam Peckinpah, se llega al inevitable desenlace: estallido de violencia sobre colinas, un tiroteo en la distancia de punterías afiladas entre cazador y presa que provoca sensación de abatimiento.
Y la tensa charla y la reflexión a desgranar de su memorable epílogo es de las que dejan un poso duradero, como los sobreentendidos y las certezas, duelos que quedan aplazados y cuentas pendientes en un Oeste descompuesto que ya nunca será lo que fue.

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